El castillo que Dios abandonó
- 12 ago 2014
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Tiene una fachada imponente pero triste, las paredes sucias y el alma agotada de tanto llanto. Pasillos como laberintos que aprisionan sueños.

En medio de la oscuridad sólo se ve que de las celdas salen brazos, como pidiendo ayuda, como queriendo tocar algo que simbolice un poco de libertad. La poca luz muestra rostros de hombres con miradas perdidas y almas rotas. Huele a soledad, de esa que se siente al estar tremendamente acompañado, por compañeros que uno no escogió. En 1960 el inmenso castillo en una colina de San José, era un sitio en el que nadie quería estar.
Hoy es el flamante Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura, que alberga al Museo de los Niños, al Auditorio Nacional y a la Galería Nacional, pero por décadas fue uno de los sitios más sombríos del país. Fue construido en 1905 por el ingeniero Nicolás Chavarría, para albergar a la Penitenciaría Central de San José. En esa época, su costo fue un poco menor a los 600 mil colones y su estilo es neogótico, inspirado en las fortalezas europeas, ubicadas en lomas y protegidas por torres y altos muros defensivos.
Abrió sus entonces poco amistosas puertas en 1907 y exactamente siete décadas después fue cerrado por las pésimas condiciones de sus instalaciones. El abandono no fue eterno, en 1994 la Primera Dama, Gloria Bejarano, encabeza la restauración que llenaría de color al edificio y teñiría con acuarelas las manchas de sangre que aún estaban frescas.
Fue una fortaleza donde convivían las mujeres y hombres más temidos del país y otros que fueron apresados por sus ideas políticas luego de la guerra de 1948.
También había niños, pero éstos no llegaban por gusto y mucho menos para divertirse. ¨La Peni¨ tenía un área que funcionaba como reformatorio para niños y jóvenes. Muchos fueron recluidos por robar comida o vagar en las calles. San José era como un hormiguero de infancia sin futuro, en 1969 la Dirección General de Bienestar Social contabilizó al menos 1.113 niñas y niños abandonados, los cuales eran llevados a la cárcel, que se convertiría en su peor escuela.
La escuela del crimen. Un hotel eterno cuyos huéspedes eran hombres que reclamaban su derecho a serlo, encerrados en calabozos sólo con la compañía de las ratas. En la plazoleta en la que hoy corren niños y se escuchan gritos de alegría, era común ver largas filas de hombres desgastados, esperando por un poco de la sopa que se servía en una olla colocada en el suelo. Una gran tinaja en el desierto, de agua que no calma la sed.

Escena de pánico del motín de 1979, captada por José Venegas. Tomada de Al Dia.
El castillo del que Dios escapó avergonzado al ver lo que dentro ocurría, así lo llamaban los propios reos. La cárcel fue construida para 350 personas pero llegó a tener más de 1200. El hacinamiento, las peleas, el descuido estructural y moral se convirtió en una bomba que no tardaría en estallar. Y estalló. Murió y resucitó.
Hoy aquellas paredes deterioradas contrastan con un amarillo brillante. Las calamidades que siempre estuvieron presentes, los daños por un terremoto y las explosiones dentro del edificio lo hicieron morir para luego resucitar con otro rostro. Ahora es un abuelo que chinea a sus nietos y les cuenta chistes, pero que tiene un pasado triste, arrugas por todo el rostro y cicatrices en el cuerpo. Considerado Patrimonio Histórico y Arquitectónico de Costa Rica, la antigua Penitenciaría hoy se maquilla y muestra una cara sonriente para recibir cada día a cientos de niños, quienes con sus sonrisas apagan poco a poco el llanto y dolor que imperó por 70 años.
















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