La lotería de cada día
- 12 ago 2014
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Hace sol en San José, de ese que quema, en especial las manos y piernas de Gustavo, el más sonriente de los vendedores de lotería que parecen invadir la calle 1 en el centro de la capital.
Otros usan grandes sombrillas para evitar el sol, pero él prefiere no usarlas para ver el panorama. ¨Yo veo todo, me divierte ver la gente pasar, especialmente las mujeres¨, dice con una sonrisa maliciosa y mostrando sus dientes disparejos, que compiten en atención con su mirada chispeante.
Foto tomada de :
Poder Judicial, Costa Rica.
Sus 38 años no le permiten obtener un una licencia municipal para vender lotería, la cual sólo se le otorga a los mayores de 65 años. Y encontrar trabajo parece ser misión imposible ya que aún no ha terminado ¨el bachi¨.
Cuatro días por semana, Gustavo hace de la mesa al frente de la tienda ADOC su casa. Desde que el sol comienza a salir hasta que ya no puede verlo, se sienta a esperar que la suerte a él también lo acompañe y pueda vender los billetes que esperan tentadores en perfectas filas sobre la mesa. El almuerzo lo realiza en la misma silla y gracias a la amistad que ha cultivado con los distintos administradores de la tienda, han llegado a servirse mutuamente: ellos le permiten calentar la comida y usar el baño, él les ayuda a vigilar la tienda. Los restantes días ¨la pulsea¨ desde su casa en Higuito de Desamparados, donde lo llaman los vecinos para pintar casas, pegar el zinc o hacer pisos.
Son 14 años de ver pasar los días sentado en la misma cuadra, vendiendo en el mismo sitio desde el día primer día hasta hoy. Lo único que dice él ha cambiado es la gente y la cantidad de las ventas: ¨antes vendía más uno, porque la gente joven ahora no quiere comprar, lo más que me compran a mí son personas mayores, señoras más que todo¨, indica Gustavo, y agrega que para él la desconfianza en la Junta ha hecho que bajen las ventas. Ahora la gente cree que ¨es más fácil que le caiga un rayo a pegar el mayor, porque a cada rato se queda el premio¨.
Gana, cuando le va muy bien, 400 mil colones al mes que se hacen cortos entre sus obligaciones y tres hijos. Pero ha sabido administrar el dinero para guardar algunos ahorros y espera algún día cambiar el olor de los ¨billetes de la suerte¨ por uno que prevenga de vísceras y sangre. Su deseo es ponerse una carnicería cerquita de la casa, pero mientras logra tener el dinero suficiente le tocará seguir siendo un vecino más de la calle más concurrida del país.
Anteriormente trabajó en la Dos Pinos y Mas x Menos, pero luego de quedar desempleado decidió ayudarle a su suegra con la venta de lotería, ahora el hecho de ¨no tener patrón¨ lo motiva a vender en las calles.
¨Mae, mae pele el ojo ahí anda el gordillo de la muni¨ le alerta otro vendedor que pasa como un rayo. Gustavo se levanta y comienza a recoger algunos billetes de lotería. No tener los permisos municipales le quitan la paz a este vendedor, quien teme que en cualquier momento ¨le decomisen la mesa¨.
Mirar hacia al frente comienza a ser cansado, nadie se detiene. Personas que caminan de prisa, van y vienen, marean. Pero a Gustavo lo divierten, él no pierde la sonrisa y su esperanza de que pronto venderá otro pedacito. Y como un cómplice, el Nokia cuya marca no se aprecia claramente de tan viejo y que se mantiene sujeto gracias a un ¨maskin¨, es también portador de buenas noticias: ¨sí si yo se los aparto claro, un entero, ¿del 29? ¡Claro, claro!. ¿Vio? ¡ya vendí otro poquito!¨, dice mientras acaricia su calva brillante.
¨Cuidado que ahí anda el gordillo de la muni¨, le vuelve a alertar esta vez su suegra, quien luego de quejarse por las malas ventas del día, se va caminando y ofreciendo lotería a cuanto turista se encuentra. Rápidamente Gustavo guarda la mitad de los billetes y no pierde la vista de la calle, ávidamente atento a los pasos del famoso gordillo.
Confiesa que desde su puesto se ve de todo: desde asaltos hasta peleas callejeras, pero afirma que a él lo único que le molesta son los gritos del creciente número de vendedores de líneas telefónicas. ¨ Ya uno no sabe si gritar los números de la lotería, entre tanta bulla todos se atarantan¨, comenta con esa voz grave que pareciera ser requisito de todo vendedor ambulante. Pero Gustavo grita poco, él sonríe y eso basta para que muchos se le acerquen con más frecuencia que a sus ¨desgalillados colegas¨.
La calle se convierte en un cuadrado, en cada una de las tres esquinas un puesto de ventas de lotería y en la cuarta un músico que con su guitarra intenta competir con el ruido. Las voces de vendedores de ropa, discos piratas y las infaltables líneas telefónicas prepago se mezclan con el ¨pajarito¨ del semáforo peatonal. ¨Lleeve la Kolbi, la blusa reductora, pit, 3 por mil, lleve el 24 para hoy, acá está la Claaro, pit…¨, se escucha repetir como un disco rayado.
Luego de más de media hora de ver pasar gente apresurada, se detiene una señora. ¿Cuánto me cuesta la suerte? pregunta tomando 4 pedacitos del 17. ¨A usted un rojito cada uno, a mí una asoleada¨, le dice Gustavo mostrando la sonrisa de satisfacción más grande de la tarde. La suerte, que para algunos es pegar ¨el gordo¨, para otros significa menos billetes de lotería que devolver. Para Gustavo también la suerte juega cada día, sabe que entre mil ¨bolitas¨ caminantes que recorren la Avenida Central, sólo con unas cuantas atinará. El sol quema y los rostros preocupados de los vendedores confirman una cosa: ellos madrugan esperando ese día también ¨sacarse la lotería¨.
*El entrevistado prefirió que no se mencionara su apellido.
















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